Pasó la noche de vuestra boda. Estáis recién casados. Empieza la luna de miel. No podéis ser más felices.

Ahora llega el momento de regresar de la luna de miel. Seguís recién casados, pero hay que volver a las rutinas. Un momento… las rutinas ya no son las mismas.  ¿Os podréis acostumbrar o acabaréis divorciándoos antes de vuestro primer aniversario?

No estoy exagerando. Las estadísticas apuntan a que los divorcios de recién casados (en el primer año de matrimonio) son una tendencia en aumento. ¿Por qué ocurre esto?

Tal vez estamos creando una sociedad individualista en la que se nos hace complicado comunicarnos con el otro cara a cara. Las redes sociales crean el engaño de grupos de amigos, de contacto permanente, de inmediatez en la comunicación… pero cada vez es más raro encontrar a dos personas que se miren a los ojos mientras están comiendo en un restaurante. Y cuando te casas, tanto tú como tu pareja sentís la necesidad de ese contacto más humano. El problema llega cuando ese contacto se siente como obligación y no como necesidad. El problema llega cuando la pantalla de tu teléfono reclama más tu atención que los ojos de tu pareja.

No me quiero adelantar. Voy a ir paso a paso.

Estábamos en el día de la boda. Es un día que habéis estado planeando durante… ¿cuánto tiempo? Demasiado tal vez. No importa lo bien que salga, seguro que sentís que podía haber salido mejor, que algo falló. En vuestra cabeza, la fiesta siempre resultó mucho mejor que la fiesta real. Así que termináis el día con una sensación agridulce (y con mucho cansancio, por supuesto).

Por otro lado, han sido tantos meses (si no años) planificándolo todo, que el evento genera un vacío en el día después. Ya pasó la boda, eso en que tanto os volcasteis. ¿Y ahora qué? Ya no tenéis un gran evento que planificar, tan solo el día a día de vuestra relación. No hay color.

Muchas parejas llenan ese vacío con un nuevo proyecto: «vamos a tener hijos». Es un error planificar algo así por hastío o miedo al vacío, pero ese es otro tema del que podemos hablar en otro momento.

Es mucho más habitual de lo que podemos pensar que la reacción emocional del día posterior a la boda sea de apatía, de tristeza, de angustia.

Muchas veces, estar recién casados se convierte en un problema por la difícil adaptación a la convivencia. Si la pareja no ha convivido antes de forma continuada, la solución es vivir estos momentos como una transición. Para ello, hay que establecer una especie de «negociación» en la que debe quedar claro en qué puede ceder cada uno, que responsabilidades se pueden repartir, que líneas no se pueden traspasar. Lo importante para que esta negociación funcione son la sinceridad y la claridad.

Paradójicamente, esta sensación de angustia se da mucho más en los recién casados que ya convivían antes de la boda. En este caso la explicación puede venir dada porque antes la convivencia se veía como algo deseado, como algo elegido libremente. Sin embargo, el «contrato» matrimonial les ata. Lo que antes se percibía como un hecho de libre elección, de repente se convierte en una convivencia a la que obliga el papel que habéis firmado. Aparece el miedo a la pérdida de libertad y a un compromiso de por vida que de repente pesa demasiado.

Por suerte, no hay que alarmarse. Esta angustia post-boda, aunque frecuente, no es lo habitual. Y para evitar la ruptura de los recién casados, podemos cuidar algunos aspectos que facilitarán seguir deseando estar casados.  Podemos resumirlos en 3+1:

  • Respetar los espacios de libertad del otro. Y esto implica, tal vez, acortar un poco los propios. Ya no podemos hacer todo lo que deseamos sin más, ya no estamos solos. Hay que asumir que casarse implica ciertos cambios.
  • Negociar muy bien cómo nos relacionamos con la familia y los amigos de nuestra pareja. Hablarlo con claridad, pero con tacto. También la excesiva sinceridad puede acarrear problemas.
  • Tener claro que las decisiones importantes, y algunas no tan importantes, hay que negociarlas con la otra persona.

Y sobre todo (el +1): hablar, hablar, hablar y hablar. La comunicación directa es el mejor antídoto contra la separación.

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