Pasaron las navidades, pasó la vorágine de las compras… Espera, espera… Creo que estoy equivocada. Empezaré de nuevo.

Pasaron las navidades, llegó enero… llegaron ¡las rebajas! Ahora sí, ahora me acerco más a la verdad. Tras el atracón navideño de cenas, comidas y compras, las rebajas nos incitan a seguir acudiendo a los centros comerciales, a seguir tirando de cartera, a seguir gastando con la falsa ilusión de que estamos ahorrándonos un pastón.

En estas fechas somos testigos de lo que en la Wikipedia definen como «oniomanía» o compra compulsiva. Muchas personas compran sin tener necesidad de lo que adquieren, solo por el hecho de comprar. Para este comportamiento compulsivo podemos encontrar, entre otros, cuatro motivos:

  1. Personalidad caprichosa: personas con un carácter que busca sobre todo el placer en la vida y que entienden el consumo como una manera de conseguirlo.
  1. Insatisfacción: ausencia de alicientes en la vida que se compensa con los instantes de compra.
  1. Falta de actitud crítica: personas crédulas que, sometidas al bombardeo de los medios de comunicación, entienden el consumo como una forma de realización.
  1. Valores consumistas: personas que consideran que el prestigio social se obtiene por lo que posees, no por lo que eres.

Ya hablamos sobre las compras en este blog, pero ahora nos vamos a centrar (de entre los cuatro anteriores) en el motivo que nos ocupa: la insatisfacción, la apatía por la vida que nos ha tocado llevar, el vacío existencial.

Nuestro día a día está lleno de rutinas. El despertador que nos saca en lo mejor de nuestro sueño. El mismo desayuno cada vez, el mismo trayecto, un trabajo que no nos llena, problemas que resolver a cada momento…

Muchas personas no soportan este tipo de vida (tampoco es de extrañar) y sienten agobio y apatía por esta rutina. Vuelven la mirada a su interior y se preguntan, ¿cuál es el propósito de mi vida? ¿Qué estoy haciendo con ella? Se sienten vacíos y sin vitalidad para continuar.

Este vacío existencial se relaciona también con las crisis ocasionadas por las frustraciones de no saber enfrentarnos cara a cara contra esta rutina, por nuestra incapacidad para decir «¡basta!», pero también con la ausencia de una red de relaciones sociales que nos resulte enriquecedora y con una falta de afecto.

Está claro que en la sociedad que nos ha tocado vivir este mal se agudiza. El mundo actual está despersonalizado, según en qué lugar vivas podrás encontrarte en un metro abarrotado de gente que está a escasos centímetros (si no milímetros) de ti, pero con la que no cruzas más que una mirada de reproche o de disculpa, con gente con la que te cruzas por la calle sin saludar, con gente que te rodea pero que no te acompaña.

Las compras, remedio «chicle»

¿Qué relación tiene todo lo descrito en los párrafos anteriores con el acto de comprar? Mucha más de lo que parece.

Mediante la compra, muchos individuos sienten por un instante que hacen algo que les llena. No es extraño oír: «cuando estoy de bajón, me voy de compras». Si habéis visto la serie Sexo en Nueva York, habréis visto centenares de momentos en que salir a comprar (sobre todo zapatos), acababa con instantes de frustración de las protagonistas. Pero no hay que irse a Nueva York, eso ocurre a cada instante en nuestro propio entorno.

Con la compra cubrimos nuestra propia insatisfacción. Encontramos algo que nos gusta, lo adquirimos y llenamos el vacío… un rato. Por eso lo llamo remedio «chicle», porque el sabor se le va a esa satisfacción en cuanto la masticamos un poco.

No hay que demonizar ninguna acción, y no está mal que alguna vez nos demos un capricho para salir de instantes de zozobra, tal vez incluso nos lo merezcamos. Pero no hay que confundir un capricho eventual con una acción recurrente.

No podemos llenar el vacío existencial con objetos. Las compras no nos aportan más que un alivio momentáneo tras el que recaeremos añadiendo, además, el sentimiento de culpa por haber comprado.

Los vacíos tan solo se pueden llenar a través de nosotros mismos, con nuestra reflexión, con conversaciones con nuestros allegados, con ayuda profesional, con un deseo real de cambiar. Los objetos de fuera no son más que un adorno que nos distrae de lo fundamental.

Céntrate en lo importante. Céntrate en ti.

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