No, no es que me haya adoptado ninguna familia para que ladre o maúlle a la Luna. Tampoco es que tire piedras contra mi propio tejado animándoos a que habléis con vuestra tortuga. Simplemente es que hoy quiero tocar el tema de los beneficios psicológicos de tener una mascota.

En general, tendemos a pensar que una mascota es un animal de compañía (como el pulpo del anuncio), lo que no es poco. También se considera un entretenimiento, un animal con el que jugar o al que mirar, alimentar y cuidar. Y sí, es eso y muchas más cosas.

Una mascota proporciona a su cuidador una serie de extras que contribuyen de una manera sorprendente a su bienestar mental. Como ejemplo sencillo pero fácil de entender, muchas personas se relajan con el simple hecho de mirar los peces de su acuario. Y el relax es tan solo uno de los extras más simples.

Las relaciones con otras personas suelen estar llenas de demandas, de estrés y de conflicto. Sin embargo, los animales nos aceptan sin juicios, no condicionan su amor a nuestra respuesta y nos perdonan con muchísima facilidad. No es de extrañar, por lo tanto, que los animales nos provoquen un sentimiento de descanso y de confianza cuando están con nosotros.

Lo cierto es que las mascotas aportan beneficios psicológicos en cada etapa de nuestra vida.

El contacto de los niños con una mascota le aporta una comprensión espontánea de fenómenos biológicos como el desarrollo, la reproducción e incluso la muerte.

Pero es que, además, si el niño (o la niña) es tímido, un hijo único, o un pequeño con problemas de comunicación, la mascota va a actuar como un aliciente para que juegue, para que desaparezca (o al menos se suavice) la vulnerabilidad de su carácter, para que venza su timidez, para que aumente su autoestima.

  • En la adolescencia:

Muchos padres compran un perro a sus hijos para que aprendan a tener responsabilidades, para que se ocupen de él y descubran que es necesaria una cierta disciplina para el correcto desarrollo de su animal. No vale solo con jugar con él.

El adolescente aprende a administrar su tiempo y a priorizar tareas.

  • En la edad adulta:

El principal beneficio de una mascota en la edad adulta es el manejo del estrés. Más de uno reconocerá que llega a casa agotado, deseando haber matado al jefe, y de pronto siente un remanso de tranquilidad al ver cómo su perro se acerca a saludar con la alegría desbordada del reencuentro. O al acariciar a su gato mientras este ronronea sin agobios.

Pero también es un apoyo impagable para personas que viven solas o que han experimentado el trauma de una separación o una soledad repentina (divorciados, viudos…). La mascota disminuye considerablemente los efectos depresivos de la soledad.

En los matrimonios con hijos, las mascotas hacen menos dura la transición hacia el momento en que los hijos pasan menos tiempo en casa o se van de ella.

  • En la tercera edad:

Cuando somos ancianos las mascotas adquieren un valor fundamental. Las mascotas mantienen nuestro cerebro activo, evitándonos caer en rutinas que pueden deteriorar nuestras funciones neuronales, nuestra memoria, nuestras habilidades mentales. Y, como en el caso de los adultos, disminuye notablemente la sensación de soledad y nos ayudan a mantener un equilibrio emocional.

Las mascotas, además, se utilizan en muchas terapias para personas con discapacidades. Se ha comprobado cómo los niños con autismo mejoran notablemente en las terapias asistidas con animales, sobre todo con perros y caballos. Los animales terapéuticos son, en general, de enorme utilidad para otorgar autoestima, seguridad y socialización. (Podéis obtener más información aquí).

Por todo lo dicho, no es de extrañar que muchas personas consideren a su mascota uno más de la familia. Bien pensado, muchas veces es mucho mejor que ese familiar con el que siempre acabamos discutiendo. Él no lo haría.

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