Ayer cogí un tren. En la estación, mientras esperaba, una chica a mi lado no paraba de guasapear. Un hombre frente a mí miraba los libros y periódicos de la tienda. Un chico movía la cabeza al compás de la música que escuchaba en sus auriculares. Me subí y dentro del vagón la cosa no cambiaba mucho. Un joven sacó su Ipad para trastear, una mujer incluso aprovechó el ratito para trabajar (o hacer como que trabajaba) en su portátil. Y los móviles eran los reyes del lugar: entre mensajes, llamadas a viva voz (¿para qué quería yo enterarme de que al hermano de aquel hombre le iban a sacar una piedra del riñón?), juegos, vídeos y aplicaciones de noticias, información o cotilleos, no había nadie, ni una sola persona, que simplemente dejara pasar el tiempo. Parece como si tuviéramos miedo de estar a solas con nosotros mismos, miedo de aburrirnos.

Lo cierto es que en occidente no entendemos el concepto de «no hacer nada», porque desde pequeño nos han enseñado que eso es perder el tiempo. Sin embargo, hay filosofías, como el pensamiento Zen, que aconsejan con vehemencia tomarnos un tiempo, detenernos, parar los motores, no hacer nada.

No me voy a poner ahora mística, pero a veces hay que mirar más allá de nuestro propio ombligo de occidentales engreídos para dejarnos aconsejar por otras culturas.

Aunque no hay que irse tan lejos. Hace un par de años salió un libro de Andrew Smart, El arte y la ciencia de no hacer nada, que incide en este consejo. Según el autor, nuestro cerebro bulle en actividad cuando se supone que está en reposo. Por ello, estar muy atareado es malo para él, nuestro cerebro necesita estar ocioso (estar aburrido) para ser creativo.

El mismo autor afirma que dedicar tiempo a no hacer nada es totalmente necesario si queremos desarrollar plenamente nuestras facultades mentales.

A ver, no quiero que me malinterpretéis. No os estoy aconsejando que seáis unos vagos, pero sí que de vez en cuando hagáis el vago. Hay una notable diferencia. No te sientas culpable si aparcas por un par de horas, o por un par de días, tus estudios, tus tareas domésticas, tus proyectos, tu estrés, y te tumbas a la bartola.

Todos tenemos nuestras vidas y nuestras obligaciones, no se trata de abandonarlas, sino de darnos un espacio para sentir el placer de no tener presiones, de no estar obligados a hacer algo.

No es nada descabellado. De hecho, el ser humano no nació para trabajar. En los tiempos prehistóricos, el descanso tras la lucha por la supervivencia era muy necesario. Solo así se podían recuperar fuerzas para enfrentarse a un nuevo reto. La naturaleza era demasiado dura como para andar en lucha continua contra ella. El ocio y el descanso eran tan importantes como el trabajo.

Pero llegó el protestantismo y el capitalismo y se fastidió el invento. A los que no hacían nada se les llamó vagos y se les empezó a mirar mal. Y así seguimos.

vagueandoPor mucho que haya diversos estudios que afirman que si trabajáramos menos horas seríamos más productivos, continuamos teniendo horarios interminables (tal vez porque eso interese a las empresas, pero eso es otro tema). Y tanto nos hemos acostumbrado a no estar ociosos para no oír el sonido de nuestro propio pensamiento, que a veces nos resulta muy complicado quedarnos a solas con nosotros mismos (no hay más que recordar el ejemplo del tren que comentaba al principio).

Sobre eso se hizo un interesante experimento que queda resumido en este artículo y que en un momento dado daba a elegir a la gente entre no hacer nada o proporcionarse a ellos mismos una pequeña descarga eléctrica. Muchas de las personas sometidas al estudio no podían soportar estar tanto tiempo sin hacer nada y se daban descargas. ¿Mejor eso que el aburrimiento?

Llegó la hora de que eso acabe. No te voy a pedir que cambies el mundo o la sociedad, pero al menos puedes cambiar tu vida dentro de tus posibilidades. Siempre que tengas la oportunidad, vaguea, no hagas nada, abúrrete. Y lo que es más importante, disfruta del aburrimiento. Y recuerda que la culpa es un invento humano. Que le den a los humanos.


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