La llegada de julio es, para la gran mayoría, sinónimo de vacaciones. Un periodo de desconexión que nos permite durante unos días mantenernos ajenos a las obligaciones que nos ocupan el resto del año. Sin embargo, para muchos otros, el verano se convierte en una inestable cuerda floja por la que caminar hasta septiembre, haciendo malabares para encajar los horarios de todos los miembros de la familia. Y es que la llegada de julio significa también el comienzo de las vacaciones escolares de los más pequeños de la casa. Aunque cada niño es un mundo y no existen recetas mágicas para lidiar con el torrente de energía de los niños, sí podemos tener en cuenta una serie de pautas que, sin duda, nos ayudarán a pasar unas vacaciones en las que toda la familia pueda disfrutar.

 

Mantener rutinas, pero con flexibilidad

Los meses estivales implican también un cambio de rutinas, los que puede provocar cierta inestabilidad en los más pequeños. Aunque es importante que tanto niños como adultos experimenten cierto contraste con respecto al curso lectivo, no debemos perder de vista que todo ese tiempo libre debe tener estructura: levantarse, desayunar, hacer la cama… Elaborar una pequeña tabla con la nueva rutina les ayudará a entender mejor qué momentos son de esparcimiento y cuáles se deben dedicar a cumplir tareas. De este modo, la llegada de septiembre y el comienzo del curso escolar harán menos difícil la adaptación a los horarios lectivos.

En función de la edad del niño, las vacaciones también son un buen momento para otorgar nuevas responsabilidades. Involucrarlos en las tareas domésticas les ayudará a ganar autonomía. Hacer la cama, poner los platos en el lavavajillas, ordenar sus juguetes, vestirse o poner la mesa son algunas de las tareas que los niños pueden ir adquiriendo a medida que crecen.

No obstante, también es importante que los más pequeños experimenten la autogestión del tiempo y sí, también a que aprendan a lidiar con el aburrimiento. Sobre estimularlos con actividades limitará su creatividad y coartará que ellos mismos busquen aquellas actividades que les hagan sentir a gusto. El aburrimiento, en pequeñas dosis, es positivo.

 

Limitar el uso de pantallas

Los dispositivos electrónicos son una tentación en momentos de mayor saturación para los padres. Sin embargo, conviene limitar su uso en la medida de lo posible. Una buena idea, más allá de establecer horarios, es que este tipo de actividades sean compartidas y/o supervisadas y alternarlas con otras más creativas. Por ejemplo, si decidimos jugar a un videojuego de carreras, podemos dedicar la siguiente actividad a diseñar y dibujar un circuito de coches, en el que jugar de manera analógica con recortables.

 

Aprender a comunicarse con los niños

Es importante aprender a comunicarse con los niños para hacerles entender cómo invertir el tiempo en cada momento o cómo deben comportarse. Antes de visitar un lugar nuevo, conviene hablar primero con los más pequeños de la casa y explicarles a dónde vamos a ir y qué es lo que esperas de ellos. Aunque debemos marcarles los límites, no debemos olvidar que estamos ante niños que deben disfrutar de su tiempo de ocio y descanso y es normal que jueguen, corran, se rían o lloren.

 

Compartir tiempo de juego

Las vacaciones de verano son un buen momento para compartir tiempo de calidad con los niños. Por ello, es importante que participemos en algunos de sus juegos, respetando sus propias reglas. Y es que el juego es, precisamente, la actividad más importante para el desarrollo de los niños, ayuda a establecer relaciones entre los conocimientos que ya se han adquirido con otros nuevos y es vital en el desarrollo cognitivo, social y emocional.

 

Reservar tiempo para uno mismo

Si es un error no pasar tiempo de calidad con los hijos, lo es también no reservar tiempo para uno mismo. Recuerda, no eres mejor padre o madre por no despegarte ni un minuto de tu hijo. Por ello, es importante valorar si realmente el tiempo libre que tenemos al día es suficiente para aliviar la carga física y mental que soportamos, y si no lo es, buscar una solución. Apoyarse en la pareja, la familia u otras alternativas como los campamentos urbanos o talleres, y hacerlo desde el convencimiento de que estamos haciendo lo mejor no sólo para nosotros mismos, sino también para quienes nos rodean nos permitirá disfrutar más de los momentos que compartimos con nuestros hijos.

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